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martes, 6 de enero de 2015

Los tres ladrones



Estaba por dormirme cuando un ruido de pasos me llenó de miedo. Alguien entró en mi casa en la oscuridad. Yo ya había mirado abajo de la cama cuando dejé mis zapatos, antes de acostarme. Mi mamá me dio un besito y apagó la luz. No me quería dormir. ¡Bah!, quería dormirme pero no podía.
Cuando oí esos pasos, me tapé hasta la cabeza con la sábana. Pensé en llamar a mis papás desde la pieza, desde abajo de la sábana. También pensé que podría ser mi papá el que estaba armando ese bochinche que me asustó tanto. O mi mamá. Pero, ¿por qué no encendían la luz para hacer lo que tenían que hacer?
A veces escuchaba ruidos raros que venían desde su cuarto, y con la luz apagada. Pero, como al otro día estaba todo bien, hasta mejor... ¿a mi qué me importaba? Aunque nunca me gustó ese barullo. ¡A la hora de dormir, hay que dormir!
Pero esta vez los ruidos no venían de la pieza de papá y mamá. Además no eran los mismos ruidos.
Ya estaba a punto de gritar, pero me di cuenta -porque yo soy muy inteligente- que si lo hacía, el ladrón me iba a descubrir. En una de esas ya lo había hecho y estaba parado cerca de mi cama, del otro lado de la sábana, con un cuchillo en la mano. O un revólver.
Entonces grité. ¡Bah!, quise gritar pero no pude. Mi boca se abría como la de un cocodrilo pero no salía nada por el agujero.
Escuché un ruido fuerte por ahí, cerca de la cocina. Como de vidrios rotos. Pensé si mi grito podía ser ultrasónico. Pero en seguida oí que decían una palabrota en voz bajita. Era la voz de porquería de un hombre. Para mí que el ladrón se había golpeado los tortículos contra alguna silla, o la mesa, o qué sé yo...
Yo quería asomar la cabeza pero no me animaba. Era mejor esperar.
Se me ocurrió llamar a Colita, pero no podía hacer el huequito en la boca para que saliera el silbido. -¡Fhiu...! ¡Fhiu...! -Pero salía aire sin ruido. Con lo que me costó aprender a silbar. Me enseñó mi abuelo. Hasta “La Cumparsita” entera me sabía silbar. Y en ese momento, ¡ni Fhiu... me salía!
Además, no podía saber si Colita me podía escuchar porque seguro que estaba encerrada en el cuartito del fondo. Porque mi mamá me había dicho que a Colita le pasaba algo que no sé qué. Que no la podía dejar que se le acercaran otros perritos porque no me acuerdo qué cosa me quiso decir mi mamá que no entendí nada. Me dijo: “Angelito, hay que cuidar a Colita porque está en celo". Yo no creo que estuviera celosa. Para mí que los otros perritos tendrían sarampión. Igual era por unos días nada más. Y que mi perrita iba a estar bien. A mí me habían encargado darle de comer y llevarle agua hasta que pasara eso. También mi mamá me había dicho que mi perrita estaría "fuera de peligro" -esas palabras usó mi mamá- antes de que a mí me bajara la fiebre. Porque yo también tenía sarampión. En una de esas se la contagié yo, ¡pobre Colita!
Así, de golpe, algo me dejó sin respiración. Oí dos voces al mismo tiempo. Eran dos los ladrones. Y oí otro golpe y escuché la voz de porquería de una mujer que dijo una mala palabra por el golpazo que se pegó. Pero... ¡si las mujeres no tienen tortículos...!, ¿ma’ dónde se golpeó ésta...?
La cuestión que eran dos, un hombre y una mujer. Pero eso no es nada, porque escuché que decían algo de que Angelito se iba a dar cuenta... ¿¡Y cómo no me iba a dar cuenta si los había descubierto tratando de robar!?
Si mi papá estuviera despierto los correría con la escopeta, ésa que era de mi abuelo. Y otra que Angelito ni Angelito -pensé, desde abajo de la sábana-.
Entonces lo llamé: -¡Papá! ¡Papá! -y nada. No me salía una palabra. ¡Se iban a robar todo y yo no podía hacer nada! Hasta que escuché gritar a Colita (como cuando le pisás la cola sin querer).
-¡Ah!, no. ¡A Colita, no! -grité; y ahí, sí que se escuchó. -¡Con Colita, no!
Tiré la sábana al suelo y salté de la cama más rápido que un rayo.
Corrí hasta donde estaba colgado mi guardapolvo y saqué la gomera de uno de los bolsillos. Pero me di cuenta que no tenía piedras porque mi mamá me las sacaba siempre, porque decía que me rompían los bolsillos. Tenía el arma pero me faltaban las municiones. Pensé en los soldados de las películas, pero a mí no se me ocurría nada. Colita estaba en peligro, robarían toda mi casa y yo sin municiones. Entonces me acordé de las bolitas... con la 'lechera' le podía hacer un agujero así de grande en la cabeza a los ladrones. Pero las había perdido todas el sábado pasado con mi primo Alberto. Es más grande que yo, ¡y tiene una fuerza...! No me dejó ni una. Le voy a pedir que me las devuelva, por si vuelven a entrar más ladrones; aunque sea la lechera...
Pero yo también soy fuerte -pensé-, y soy inteligente.
Me acerqué hasta la puerta y asomé la cabeza a la altura del piso. Escuché que hablaban despacito, como en secreto. ¡¿Y... se reían?!
-¡Colita! ¡Colita! -grité.
Oí un ruido en la cocina. Y pasos que iban y venían. -¡Colita!
Era un bochinche cada vez que llamaba a mi perra. Se ve que me tenían miedo. -¡Colita! -volví a gritar, pero con voz más gruesa, como la de papá.
Esta vez se asustaron más porque no oí más ruidos.
-Se fueron -pensé-, ¡los hice escapar del miedo!- Pero, ¿y si estaban todavía ahí...?
Me fui gateando por el pasillo, sin hacer ruido. Pegadito a la pared. Cuando llegué al agujero de la puerta asomé la cabeza a la altura del piso. Dos ojos más grandes que una casa brillaron cerquita de mi nariz y unos dientes filosos... Un terrible monstruo me respiró en la cara.
-¡Papaaaá...! -grité con toda la fuerza que tenía.
De un salto crucé el pasillo y cuando pasé por la puerta de la cocina vi tres sombras o bultos tratando de esconderse. Sí, eran tres los ladrones. Y andaban en bicicleta. Porque había una bicicleta. Y también estaba Colita. Porque los ojos y los dientes del monstruo que vi eran los de Colita, pero al principio no me di cuenta porque estaba lleno de miedo. Y cuando llegué a la pieza de mi papá y mi mamá, prendí la luz y ellos no estaban. ¡¿Y qué iba a hacer?! ¡Estaba solo!
Agarré la escopeta que mi papá tenía escondida en el ropero, la que era de mi abuelo, y me fui para la cocina.
Apunté el cañón en el agujero de la puerta y grité: -¡Correte Colita! -Y empecé a los tiros. ¡Bah!, dos tiros. Con el primero maté a los tres ladrones, siguió y rompió toda la ventana. Con el segundo hice un agujero en el techo, justo arriba de donde me caí sentado.
Colita empezó a chumbar, y entre el ruido de los vidrios rotos y el humo de la escopeta apareció mi papá gritando -¡Angelito! ¡Angelito!
-¡Los maté!, papá. ¡Los maté a los tres! Miren la sangre en el piso.
Mi papá me sacó la escopeta de un tirón. Y escuché a mi mamá que lloraba. Y cuando prendieron la luz lo vi a mi tío al lado de la ventana, temblando, agachado detrás de la bicicleta de los ladrones. Y Colita que chumbaba y corría por la cocina...
-¡Los maté a todos, papá! ¡A los tres ladrones...!
Me abrazaron y empezaron a entrar los vecinos, todos en pijamas, y yo seguía gritando y Colita seguía chumbando...
Me llevaron a la cama. Y yo no escuchaba nada porque no se les entendía lo que decían, porque lloraban y hablaban entre ellos y los vecinos que preguntaban qué había pasado y Colita que chumbaba y tenía la cola manchada de sangre.
-¿La maté a Colita también?
-¡No! -me gritó mi papá-. Voy a hacer bosta la tele -le gritó a mi mamá-. Te lo dije quinientas veces- gritaba mientras me llevaba de una oreja a mi pieza. Porque yo había vuelto a la cocina. Y siguió gritándole a mi mamá que la iba a hacer pomada (a la tele) si no me ponía horarios...
Cuando me quedé solo en mi pieza, aturdido por los tiros, los gritos de papá, Colita y la oreja que me dolía, fue cuando los vi...
Al lado de mi cama, junto a un montón de pastito y un platito lleno de agua, lustraditos esa misma noche antes de acostarme, mis zapatos, los más nuevos, brillaban a la luz de la luna. Y a su lado, el reflejo de una bicicleta nueva.. Ahí entendí todo. Pero al darme cuenta de mi error, me lo callé para siempre.
Unos días más tarde, mi papá me dijo: -Sabés Angelito -y se le hizo un nudo en la garganta-, los Reyes Magos no existen.
¡Y cómo no lo iba a saber, si yo los había matado!




Dedicado a                         Melchor               Gapar       y       Baltasar





Autor: Cristian Crucianelli

Todos los derechos reservados
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viernes, 12 de diciembre de 2014

Fumata en dos colores y el sol del Sur...


Fumata gris, llueve sobre la Plaza San Pedro. Las banderas no pueden detener la lluvia y las gotas se detienen en sus bordes sin llegar a caer... esperan el gran momento del anuncio de la elección de Dios. Sigue la expectativa, la chimenea tarda en elevar su mensaje níveo. Niños miran al cielo sin palomas: quieren ver el futuro. Ancianos ven su pasado, largo, como un camino largo de un laberinto desenrollado de tanto recorrerlo. Desean saltar sus paredes y volver atrás. Pero la fumata todavía es gris, así es gris la espera; cada vez más parduzca, cada vez más negra. Las banderas están por desprender su llanto. Una de ellas mueve sus alas celestes hacia el sur, sabe que algo importante puede pasar. Puede pasar ahí, en la Plaza de San Pedro, y puede pasar en los mástiles del sur, sufridos, desnudos, desabrigados. Dios por mucho tiempo golpeó ese trapo contra las cuerdas, las puso tensas y la tela se fatigaba contra los metales con ruido sordo... en las casas gubernamentales, en las canchas, en los potreros de pelotas de medias agujereadas, en los patios de los colegios, en cada una de sus almas argentinas bañadas de sol sonriente partiéndola al medio como una sonrisa boba parte la cara que quiere ser feliz. Esa bandera que suele ser remolona o temerosa, quizás, esa que sube un metro y vuelve a bajar unas cuantas palmas, en la Plaza San Pedro, no se esconde, y brilla en su vuelo (el más alto) sostenida por las manos de un pueblo que no baja sus brazos, que no baja sus banderas. La fumata, como un espiral de un gran habano de tabaco mojado no atraviesa la nube más baja, no se atreve a elevarse más alto que la bandera más alta. El humo se avergüenza de si mismo y desnuda su color. Palidece de angustia y se entrega. Los niños, los ancianos, hombres y mujeres, saben que Dios por fin a posado su mano en sus hombros; los acaricia, uno por uno... y se atreve a salir por la curva chimenea. Blanco ahora, sí, ahora el humo es blanco... Tampoco sube al cielo, sus volutas sobrevuelan sobre los rostros de los niños, se arrastran sobre las canas de los viejos. Y llegan a destino. Se posan y concentran todo su humo en el pecho inflado entre celeste y celeste, donde lo recibe una sonrisa tímida con rayos de estrellas. Finalmente, todas las miradas se dirigen al gran balcón, las lágrimas contenidas al filo de las banderas de todo el mundo, están por desprenderse hacia su destino. Muchas quedarán suspendidas en el aire. Otras, las que albergan ese sol que pudo haber sido asesino, caerán, caerán en cada ojo argentino.
Se abre la gran puerta. Un cardenal sarmentoso y de palabras dudosas, como las del agua de una cascada en tiempos de sequía, mirá a la multitud y dice:
"Annuntio vobis, gaudium magnum, Habemus Papam". 

Luego, la historia continua, la historia ya no importa. Porque, eso, eso es puro cuento.






Autor: Cristian Crucianelli


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lunes, 10 de noviembre de 2014

Cuando yo amanezca




      En un sueño... de la nada, surgió en una vereda de cualquier calle, una mujer tomada de la mano de su niña. Dirigiéndose a mi madre, quien estaba encerrada en una casa totalmente acristalada, con elevada voz y señalándola desde este lado del vidrio, le dijo de manera perentoria: 'El cumpleaños de quince de la nena se lo voy a festejar el 15 de agosto'. Yo aparecí detrás, parado en la calle, sin ser visto. Con el aplomo que tiene el que viene de ningún lugar, dije con voz tranquila pero firme, normalmente masculina: 'No, el cumpleaños de quince se lo vamos a festejar el 4 de febrero. Ella nació un 4 de febrero, y ahora tiene diez años'. La pequeña, que desde su casi eternidad infantil, ni siquiera había visto mi sombra, al escuchar mi voz, se volvió hacia mí, sus cabellos danzaron por un instante y se posaron de nuevo sobre sus hombros. Me miró como si nunca hubiera dejado de hacerlo. Soltó la mano de su madre -ésta no hizo nada para retenerla. La niña caminó hacia mí, se colgó de mi cuello y me dijo: 'Papi, yo me quiero ir con vos'. En su perfume infantil, percibí un suspiro que aquietaba sus latidos, acompasándolos con los míos. No se soltó de mi cuello, sus piececitos colgando a decenas de centímetros del suelo. Recostó su cabeza en mi hombro y, yo, ya sin verle el rostro, volví a oír su voz 'Me quiero ir con vos'. El apretón de sus brazos alrededor de mi cuello, me dio la seguridad de que estaba bien, de que ya nunca volvería a caer. La madre no atinó hacer nada y nada dijo. Yo miré fijo a mi madre -le di paz con mi mirada-, me di vuelta, y me fui con mi niña aferrada a mi cuerpo. No sé adónde nos fuimos, pero nos fuimos juntos. Seguramente ahora está dormida, soñando... yo también. Ya, cuando yo amanezca, voy a despertarla con pan con manteca, y aroma a café con leche.







Sueño de la noche 
del 8 al 9/11 de 2014


Autor: Cristian Crucianelli

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miércoles, 29 de octubre de 2014

Nocturno


Arriba, las ideas acuden a la mente sin aviso
como enfermedades malditas, como plagas
negras palabras, sentimientos pardos
Abajo, en el estómago, pisadas de la noche.

No hay luz en el pajar del sótano
algo corre sobre el madero de las vigas
se detienen y miran, ríen
¿pájaros encerrados en un zócalo?

Murciélagos sin alas mordiendo la madera
roen la memoria con sus dientes
animales brujos o brujas animales
ruidos y alimañas, aquelarres en la noche.

¡Ratas, ratas, ratas!
Rasguñan el cerebro del niño viejo
Resplandecen sus dientes como risas
burlándose de lo excelso y lo perfecto.

Clavo mis uñas, muerdo y saboreo entre mis labios
quiebro sus huesos con chasquido de hojas secas
sudando su sangre de mi boca miro al cielo
y satisfecho, vuelven mis pasos a andar por los tejados.







Autor: Cristian Crucianelli
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miércoles, 1 de octubre de 2014

Chinita


Ya basta de cabezas gachas; 

basta de trompita y nariz fruncida; 

basta de ojitos caídos. 

Basta. 

Arriba esos ojos,

contemplá el cielo. 

Hay varios soles brillando


y uno lo hace sólo para vos.








Autor: Cristian Crucianelli

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jueves, 11 de septiembre de 2014

Alguien te está esperando


  
   El agua se desliza por el cristal deformando las siluetas de los árboles. Desde la ventana de su cuarto del primer piso de la casa de pensión puede ver la calle desierta. Sólo un perro vagabundo corre a refugiarse bajo las chapas de un puesto de diarios. Alguien golpea tímidamente a su puerta. El llamado se repite mientras su mirada se mantiene fija en la ventana. El no responde al llamado que vuelve a repetirse. Un ruido de pasos livianos se escucha más allá. El crepitar de las gotas de lluvia en la ventana flota sobre el silencio que, como un habitante invisible, reposa en el cuarto. Los minutos pasan pesadamente. Diez, veinte quizás. Por fin va hacia la puerta y la abre. Sus labios se separan con tibia humedad y... Despierta. Despierta por enésima vez. Y por enésima vez con su boca sedienta de aquel beso. Trató de retener el sueño, pero se fue borrando, confuso, y, con él, el rostro de la joven. Permaneció unos minutos con sus ojos cerrados, el cuerpo inerte sobre la cama, con una impune sensación de soledad. Luego se sentó acariciando con las manos sus cabellos, peinándolos con los dedos. Afuera llovía.
   Se despertó en medio de uno de esos sueños que se venía repitiendo obstinadamente. Un sueño que lo despertaba siempre en el mismo instante; como una película interior que se detuviera en el mismo fotograma, en la misma imagen: él, parado frente a la ventana de su cuarto, contemplando la ciudad mojada por una persistente lluvia. Alguien golpea su puerta. Sin más, la abre. Tomándose las rodillas con sus manos, una jovencita, casi adolescente, se acurruca en el primer escalón de la escalera. Sus ojos brillan con inocencia en la penumbra y lo miran parpadeando. Su cuerpo se balancea suavemente. Está descalza, el cabello despeinado en cortos mechones rubios. Lo mira en silencio. Su boca parece a punto de moverse para decir algo parecido a una disculpa. Pero en lugar de eso, abre los labios en una sonrisa tímida y sensual. Él con un ademán le hace una seña para que se incorpore. La muchacha, sin dejar de mirarlo, se pone de pie, abrazando su cuerpo como si tuviera frío. Él siente el irreprimible deseo de estrecharla en sus brazos y abrigar su fragilidad con tibias caricias. Pero algo se lo impide. Sólo atina a hacerle un gesto para atraerla hacia sí. La joven  se acerca lentamente hasta que sus cuerpos casi se rozan. Sus ojos, que miran desde abajo, se entrecierran, mientras su boca se abre reclamando un beso.
   Tomó la pistola de la mesa de luz, revisó el cargador y se la calzó en su cintura. Aún era temprano para lo que tenía planeado hacer, pero ya se le había hecho una necesidad llevar la pistola consigo, a toda hora. La sentía como si fuera parte de su cuerpo. Encendió un cigarrillo, aspirando profundamente el humo. Deseaba imperiosamente que algo extraño a su cuerpo penetrara en él. Fue hasta la ventana con gesto desolado. Volvió a pitar el cigarrillo. Afuera, las primeras luces se encendían. Largó el humo haciendo anillos en el aire, que iban creciendo excéntricamente hasta desaparecer, como los resabios de su sueño. Miró su reloj. El tiempo parecía detenido, adherido al cristal húmedo de la ventana. Aún era temprano para lo que debía hacer. Se recostó en la cama. Poco a poco un sueño profundo lo fue venciendo.
   Fueron tres golpes, duros y secos. Tardó en reaccionar. Los golpes en la puerta se repitieron. Se acercó con una sensación, mezcla de incredulidad y fascinación. Sin más, abrió la puerta y se asomó. Escuchó los gritos de advertencia. Tres sombras se escurrían a ambos lados de la escalera. Desesperadamente atinó a sacar su arma. Desde el primer escalón estallaron siete disparos. Sintió que algo extraño penetraba en su cuerpo, pero creyó que ya era demasiado tarde. Mientras caía llegó a oír la tosca voz de uno de los policías: -¡Ya era hora de que te encontráramos, hijo de puta!          
  
   Ese rostro de muñeca bellamente rubio, sensual, obsesivamente atractivo, se esfuma hasta ser la insustancia de una fantasía. A través de la ventana puede oír el crepitar de las gotas de lluvia. La calle está desierta. Sólo un perro vagabundo corre a refugiarse bajo las chapas de un puesto de diarios.

   Alguien golpea a su puerta. Apoya su frente en el cristal frío y cierra sus ojos.










Autor: Cristian Crucianelli

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sábado, 9 de agosto de 2014

Apocalipsis

   
   Aquí el cielo es claro y acuoso. Se traslucen, en estratos veteados, los negros y los rojos. Es el cielo del gran ocaso. El ocaso que profetiza que este día será el último día. Que la noche se eternizará con la luz de las estrellas, absorbiendo todos los futuros para siempre
…y el mar, tibio, acomodándose a cada pliegue de mi piel…
   ¡Jamás!, jamás, ser alguno de mi especie podrá olvidar este lugar, aunque quiera hacerlo… A este refugio no es posible volver. Y si alguien retornara, lo haría sólo en recuerdos borrosos, sin palabras, porque no las hay. Y, de haberlas inventado, pecarían de un dolor insoportable.
   Mejor así, entonces.
   El futuro, en su viaje hacia la nada, dejó para mí este mínimo presente, que más que una porción de tiempo, es el tic tac de un reloj golpeando en mi cabeza.
   Me dejo llevar corriente arriba por los afluentes del tiempo, hacia allí, donde brotan los comienzos
…soy un pez y tengo alas, creo…
   A veces puedo estar volando en tus sueños. Volando y nadando en un miasma hecho de mar y de cielo
…hermanos, indistintos…
   Todavía el cuchillo del horizonte no afiló su acero para partir en dos su alma siamesa.
…aquí no hay cuchillos, creo…
   Aunque de vez en cuando toco tierra. Primero un pie, después el otro. Danzo. Brinco. Me hamaco. ¿Lo notás? ¿Te alegra? Es mi forma de hablarte.
   Cuando me despierto y me desperezo te hablo sin querer. Estiro mis brazos y mis piernas y te digo cosas que ni yo entiendo. Deben ser bellas historias, porque aquí, todos los sueños son bellos.  
   No entiendas mal. No lo hagas. Es la única forma que tengo de acariciarte, así como acaricia el corazón dentro del pecho. “Estoy vivo”, te dice, y te golpea inflando su propio pecho para decirte que vos también lo estás
…mi corazón, como un reloj triste, me dice otras cosas…
   Me voy. Dejo este lugar. Quizás vuelva en otra ocasión, pero en ese quizás, no seré yo, probablemente.  Deseo volver aquí, a mi refugio. O a otro. Con otro miasma tibio de mar y cielo. Quizás vuelva para tener un nombre con el sonido más bello para quien me nombró. Quizás, muchos quizás. Sólo Dios sabe de estos misterios
…y quizás, Dios, me devuelva todo lo que tengo para dar y no lo dí…
 …mis lágrimas, mis sonrisas y mi amor…
   Se destroza mi corazón y no sólo eso. Se destrozan mis manos y no sé porqué.
   Ellos, los honorables, también levantan sus manos. ¡Oh! Lo hacen por mí. Ellos también tuvieron, cada uno, su paraíso. Entienden de estas cosas. Y, como Adán y Eva, fueron expulsados de sus refugios; del de cada uno, del de todos. De este grande y pequeño paraíso de la humanidad
…a mí no me expulsó Dios, no sé que hice, aquí no hay manzanas…
  Yo escuché tu voz distorsionada. Seguramente, ellos las suyas. También pude escuchar esa otra voz que resuena como un trueno en noche cerrada, pero que dicen que ilumina cuando aprieta el miedo. La del alfha furioso protegiendo a sus cachorros reunidos en manadas, con sangre en sus uñas y carne entre sus dientes, matando y matándose para hacer vivir. Dicen que no es leyenda que se lo puede ver bajo el espejo del sol, recortándose en la noche. Vigilando amenazante, trepado en el peñasco de su propia espalda, aullándole a la luna: “¡Eso no se toca!”
…el lobo ya no está y la luna es sorda…
   Ellos levantan sus manos y a nadie hacen cosquillas. A nadie le hablan estirando sus bracitos como lo hago yo ahora. No, honorables señoras y señores. Ese no es el gesto. Eso no es desperezarse para contar sus sueños. Parece que olvidaron. Perdidos en academicismos, filosofías y algunas intenciones, olvidaron sus refugios. Levantan sus manitos como si quisieran elevar sus cerebros al cielo
…y mi cielo, mi mar y mi refugio, ya son el cubículo del infierno…
   El can Cerbero muestra sus dientes y, a vos, yo no pude tan siquiera morderte con mi boca desdentada
…mi cielo y mi mar son el patíbulo…
   Grito en el agua. Estallan las burbujas y mi aliento dice: “Soy inocente”.
   Yo también levanté mi mano aquella buena vez que los honorables levantaron las suyas para que ningún criminal en esta, nuestra porción de tierra, camine sus pasos por el pasillo del patíbulo
…juro que esa vez no la levanté por desperezo…
   Ahora levanto mi mano y juro por la Patria, ante estos Santos Evangelios, juro por Dios y por el Diablo y por quien puta sea, juro
…que te quiero...
   Aquí soy mayoría absoluta, pero no tengo quórum.
   Ya cortaron el único cordón que me unía a vos y a través tuyo al universo. Ahora me doy cuenta, al fin, que también aquí hay cuchillos afilados. Ya veo el horizonte.
   Me estoy yendo… Adiós.
   Y a él, a Dios, sólo le pido una cosa, sólo una. Que en el último instante de mi ínfimo Apocalipsis

…me deje conocer tu cara…







Autor: Cristian Crucianelli

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