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viernes, 31 de agosto de 2012

Before the rain


No creo que vayas a entender, Michelle. Te cuento que yo tampoco...

 ...hay  tantos silencios, tantos ruidos exacerbados. Hacemos el amor en un auto o en tierra enemiga... y mientras tanto, el amor te dispara en la nuca. El aire se electrifica antes de la lluvia, las palabras gritan, los rostros sangran, las fotos se eternizan en recuerdos persecutorios. El odio y el amor giran en un torbellino confundido. Se muere en todos lados, se ama en cualquier parte, aquí o del otro lado de uno mismo. "El tiempo jamás se detiene, el círculo no se cierra". Porque, antes o después, la que nos moja, es siempre la misma lluvia.


Autor: Cristian Crucianelli





jueves, 19 de julio de 2012

Tauromaquia


La noche no me responde y el cielo ya no desea cobijarme. Hay una ausencia que habita el mundo y como ausencia me llama. Camino por las calles, cargadas de hojas sólo donde pisan mis pasos, como si el otoño se empecinara en apabullarme de tristeza. Nadie me mira... es más, creo que no hay nadie. El silencio es de plomo, es azul, es hermoso, pero pesa como el aire apretado de la soledad. Yo camino... A los costados, altos carteles de publicidad se ríen de mí. Soy el estúpido que lo perdió todo, el que se quedó solo por perseguir una búsqueda que merece irle detrás. Pero el amor se empecina, nada a través de las lágrimas; corre, se arroja, sucumbe, emerge en la marejada… y boga hacia tu costa. Una luz guía su deseo, aun a parpados cerrados. No se sienta a pensar una calculada venganza. Prefiere el mareo de una diestra verónica y la filosa amenaza del cuerno del toro… y si la herida es profunda, profunda será la cicatriz que lo marque. Pero ese será el sello de mi amor, mi niña, y no el de la vergüenza de un cobarde sablazo en el corazón de una bestia hace tiempo malherida.


Autor: Cristian Crucianelli






domingo, 1 de julio de 2012

Eras vos


...un arrebato de campanas parecía seguirme desde el cementerio. La bóveda del cielo lo amplificaba como si la necrópolis lo rodeara todo. Las veredas estaban secas, aburridas. Los adoquines de la calle no dejaban de crecer entre la parda hierba. A la distancia, en una extraña perspectiva, la tarde se rompía con una luz de cristal. 
Por fin el otoño había derrotado al verano, pero nadie parecía haberse percatado. Sólo los árboles eran concientes; tenían esa tristeza estoica propia de los padres cuando ven a sus hijos despedirse de la niñez. 
Hacia la costanera, pequeñas olas se acercaban en ondas y en ondas se alejaban. "Todo es un círculo", pensé. 
Al llegar a la escollera me descalcé. Caminé hasta el último bloque de roca. Me senté de cara al horizonte. En la última luz de la tarde se trasparentaban unos palmos de agua. El musgo junto a la piedra brillaba en una eternidad que no llegaba a comprender. Finalmente, me acuclillé e incorporé. Di vuelta sobre mis pasos, avancé unos pocos metros de vuelta a mi morada. Me detuve, me volví hacia el horizonte y me repetí "Esto ya lo vi. Esto ya lo vi..."


Autor: Cristian Crucianelli



martes, 5 de junio de 2012

4 de Febrero 9.04 PM


¿Por qué te asustaste al verme, si en una noche de febrero pusiste en mis manos una espada para ahuyentar monstruos de palabra y fantasmas prestados? 
Fueron cinco años sin vernos...
Durante cinco años afilé la espada, la templé y cada día la empuñé. Mis dedos se agarrotaron hasta oxidarse casi sangrantes en la cruz de la empuñadura. Ahora yo soy la espada, ahora soy la cruz. Y aunque monstruos y fantasmas no existen, hay quienes gritan y profieren por ellos... patéticos susurrantes de la noche. 
Tranquila, tranquila, niña. Esperame. Estoy yendo para allá (jamás dejé de hacerlo). Y cuando finalmente llegue -con amor-, voy a cortar el ruido de sus malditas palabras. Y, por cada una de tus lágrimas, separaré una a una las letras, hasta que resuenen como sonrisas en el aire de tu cielo. Para mí, para mí puede que las sonrisas se confundan con llanto, como el de aquella noche de febrero en la que me elegiste o aquel llanto bobo de cuando, por primera vez dijiste 'papá', y yo me di vuelta sin que nadie haya dicho mi nombre...






Autor: Cristian Crucianelli

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miércoles, 30 de mayo de 2012

Lunes, miércoles y sábado por medio


   Hoy fue un día especial. Me desperté pensando en vos. Me bañé. ¿Cuándo no me despierto pensando en vos? Me lavé los dientes. No me puse perfume. Me afeité una vez, dos veces, tres veces. Sé que no te gusta mi barba; te pica, te pincha. También sé que no comprendés muchas cosas... ¿Y por qué tendrías que comprenderlas, mi bebé? ¡No, todavía no! 
Me queda poco tiempo. 
Yo tendría que comprender más. Pero no puedo. Yo tendría que responder a cada pregunta que me hacen tus ojos. A veces siento vergüenza; a veces la esperanza de que llegue el día...
Hoy es un día especial. Vine a casa de tu mamá, a tu casita y estuvimos juntos y jugamos juntos y para vos el tiempo era un payaso que te hacía reír y para mí un espantapájaros señalándome la puerta de salida. 
Tengo poco tiempo. 
Con mis brazos te hago un nido en mi pecho. Tus ojos me interrogan. Y yo me pregunto si sabrás quién soy. 
Llorás. Te arrullo. Te canto una canción que a mí me cantaron hace mucho tiempo. 
Pero el tiempo es poco. Tus ojos se cierran mirándome. Dos lágrimas no quieren irse, y creo saber por qué. Estás dormida. Es tiempo de irme. Entonces, sin que te des cuenta, aprieto mi mejilla en la tuya y te pincho con mi barba. Quizás, las lágrimas, que lo vieron todo, sean indiscretas. Ojalá te cuenten quién es el culpable de las cosquillitas que aún recorrerán tu cara, cuando te despiertes y yo ya no esté. 







Autor: Cristian Crucianelli

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sábado, 26 de mayo de 2012

Agua

Veo en lo alto tu brillo, ese que enceguece y quema imitando al sol. No cierro mis ojos, ya no hay nada que quemar. Soy un extraño animal que ya no piensa, no escribe, que ya no lee. Sólo siento. Siento ese dolor amable que me adormece, que apaga las llamas de todas mis velas, pero olvida la última, la que en la penumbra no me deja estar vivo, no me deja estar muerto. Tanteo en mis recuerdos; los invento. No puedo permitir que lo hermoso del ayer venga a perturbar una realidad distinta. No escucho el grito de los niños con su pelota ni el canto de las niñas meciendo a sus muñecas. Imagino un mundo yermo, sin niños, ni uno sólo; pero al verte sentada sobre el alto muro de la injusticia estirando tus bracitos hacia mí, los veo a todos, mi niña, a todos los niños del mundo jugando en rondas en los campos verdes. Y es ahí, mi pequeña, cuando tus brazos desde lejos están a punto de tocarme, cuando soy lo único que ven tus ojos, es en ese momento que los míos se enturbian hasta perderte. Es que no puedo ver a través del agua.


Autor: Cristian Crucianelli




miércoles, 16 de mayo de 2012

Sopla el viento

Deseo volver a tocarte la mejilla. Sí, ésa, la misma de aquella vez. ¿La otra? No, la otra no hace falta, bebé, no la ofrezcas... ¿Quién se va atrever a golpearla estando yo tan cerquita? Todavía llevo tu perfume; me persigue, y yo me dejo atrapar. Es que el olor de tu piel es mi piel... aunque te hayan dicho lo contrario. La mía es un cuero duro y resentido a fuerza de látigo y látigo. Estoy sangrando, mi niña, pero no se ve. Los golpes rebotan adentro y sacuden las entrañas, aprietan en la entrepierna. Ya no escucho otra cosa y los golpes se redoblan como campanas malditas, el corazón un badajo y el pecho no es de bronce, ¿sabés? Se está quebrando todo; tiemblo, lloro, grito, sangro. Rompo a los amigos, armo a los enemigos... y ya no puedo escuchar a nadie, porque no hay peor sordo que aquel al que le robaron la música de tu voz. Pero no nos pongamos tristes. ¿Te cuento un cuento? Había una vez un árbol... Me quemo, tengo frío, me asfixio, me ahogo, me duele, me duele, me ahogo, adiós, bebé, adiós... Sopla el viento, me persigue, me alcanza tu perfume, respiro y vivo.

Autor: Cristian Crucianelli