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martes, 3 de junio de 2014

Huesos de la boca



A veces mordemos para estar solos, y lo logramos. El diente 

se clava profundo y saca sangre... de su propia encía. En 

tiempos así, algunos de quienes transitan cerca tambalean;

otros definitivamente caen, algunos en silencio, otros con 

estruendo. Pero hay quienes ni tambalean ni caen y, sin 

ruidos ni alharacas ni siquiera estruendo, se encaprichan en 

poner su mano dentro de tu boca. Estos son los que, cuando 

vuelve la fiesta, son siempre bienvenidos, en medio de 

fanfarrias o el más humano de los silencios.










Autor: Cristian Crucianelli


Todos los derechos reservados
cristian_crucianelli@yahoo.com.ar
Face: Cristian Cine Nauta

viernes, 30 de mayo de 2014

Alas cortadas


Desplegó sus alas con lentitud, de cara al abismo. Comenzaba un ritual sagrado. Su sombra, 
proyectada sobre el suelo rocoso, parecía ser lo último que lo ataba a la tierra. 
Ráfagas de viento arremolinaban su larga cabellera, como a danzantes llamas de fuego 
negro. Arqueó el cuello hacia atrás hasta que sus ojos fueron cegados por la luz del sol. Los 
cerró para concentrar en su piel la sensación del beso salvaje del viento y el rumor del aire, 
único sonido que sus oídos quisieron escuchar en ese instante de pasión. La mente en 
blanco, el cuerpo tieso, sacudido por breves pero frenéticos temblores de placer. Ser 
sin límites. Animal del aire, dominador de las alturas. Mente febril, cuerpo sumiso y 
gozoso. Y el profundo espacio incitando al salto final. Es el irresistible llamado del vacío. 
Traspasar la barrera de los elementos, en un viaje sensual al infinito y volver... volver...
-Es el momento Javier. El viento es favorable. Saltá.
Dobló las piernas, inclinó el cuerpo hacia adelante con cada músculo en tensión. Sus alas 
formaron el ángulo preciso... pero dudó, y la duda en ese crucial instante podía ser fatal. Si su 
salto no era lo suficientemente fuerte el viento lo llevaría contra las rocas.
-Saltá Javier, por favor.
Me miró suplicante para que lo ayudase con un impulso, aquél que su indecisión le hizo 
faltar.. lo empujé.
Por lo poco que llegué a ver asomado en el risco, comprendí que algo estaba fallando. Javier 
desapareció muy pronto de mi vista. Caía pesadamente... sus alas enredadas.
Descendí de prisa, con el ánimo agitado por un triste y tardío presagio. Lo que me esperaba 
abajo era una visión del infierno.
La cabeza estaba destrozada. Un reguero de sangre, como si tuviera vida propia, aún se 
esparcía por la roca. Las piernas desarticuladas, enroscadas en forma grotesca. Una costilla 
sobresalía del torso, erecta y filosa, con trozos de carne desgarrada adheridos al hueso curvo 
en forma de hoz.
Abracé su cuerpo contra el mío, tratando de darle vida con mi calor. El rostro desfigurado se 
hacía irreconocible, incluso para mí que lo tenía apretado contra el pecho. Miré hacia el cielo 
y, por un instante, lo vi flotar entre las nubes, volando en el aire celeste. 
Bajé los ojos con la esperanza de encontrar entre mis manos sólo a un triste espantapájaros. 
Pero la sangre caliente de Javier mojando mi piel delató la ilusión de creerlo en lo alto, con 
las alas desplegadas...
-¡Pero... las alas! ¡Por Dios! ¿Dónde están tus alas?
Ahora estoy encerrado en una jaula. Me están destrozando. Aquí no hay espacio para 

desplegar las alas. Mis músculos se van entumeciendo. Me preocupa la falta de movimiento y 
la comida. Me obligan a comer cuatro, o hasta cinco veces por día. ¡Yo como cuando quiero!
Me estoy poniendo muy pesado para volar. Si al menos pudiese estar en el patio con los 
otros, allí no hay techo, es un amplio espacio abierto. El muro no es muy alto; con unos días 
de práctica podría intentar un vuelo rasante y lograr escapar de este lugar espantoso.
Me preguntaron si te había empujado. No lo negué. ¿Por qué debía hacerlo? ¿Encontraste a 
Dios? ¿Cómo es? ¿También tiene alas?
Pedile, por favor, si puede cambiar las cosas aquí abajo. Esto es muy triste. Nadie ansía 
volar. Ni siquiera saben que poseen alas; no se les notan, pero si supieran que sólo depende 
de ellos...
En una de las paredes de mi celda puedo leer el sufrimiento de la gente; la obra desesperada 
de aquellos que me precedieron. Artistas del dolor, tallaron con sus uñas en el muro un 
patético entretejido de vida y muerte, dibujo canalla de una naturaleza insana. El dolor de 
creer que no se es más de lo que se es. Y se sienten tan seguros de ello, que cierran la gran 
puerta sin saber que están quedando del lado de adentro.
Sufro por todos ellos... también por mí. ¿Puede ser tan vil nuestro destino? ¿Vos estás bien? 
¿Es cierto que allí todos los vientos son favorables? Aquí el viento me cuenta cosas 
desgarradoras, noticias de otros lugares olvidados por Dios. 
Trae olor a sangre. Es tiempo de guerra. Puedo oír el grito de los niños con sus juegos 
interrumpidos por algún idiota.
¿Qué será de nosotros, si enterramos el amor en algún lugar que ya no recordamos? ¿Por 
qué dejamos morir a la imaginación? ¿Qué les diremos a nuestros hijos, cuando nos falte el 
aliento, una vez que nuestras alas hayan sido destrozadas?
Tuvo que haber un olvido... ¿Pero... quién olvidó a quién? ¿Dios a nosotros? ¿O nosotros a 
Él?
Bien sabés que no es bueno, Javier, tener los pies constantemente en la tierra. El corazón se 
endurece. La quietud marea la mente. El alma se vuelve turbia, envileciendo nuestras 
acciones. Los rostros se desfiguran; pero claro, como a todos les sucede lo mismo, ¿quién 
nota la diferencia?
¿Sabés?, me preguntaron el por qué de mi belleza. Yo les hablé del beso del viento alto; de 
las aguas acariciantes de las nubes, antes de hacerse lluvia; de la tibia cercanía del sol, 
contándonos leyendas del más allá, secretos del infinito. De cómo las estrellas llegaron a ser 
estrellas con sólo desearlo. Que un día se adormecieron abrigando un deseo y durmieron el 
sueño de sus anhelos, del que todavía no despertaron. Y el mar azul de la noche batiendo en 
sus olas a las durmientes, haciéndolas titilar... suavemente, muy suavemente, para no 
despertarlas de su apacible sueño.
Les conté lo que el sol nos había dicho cuando habló de la luna, que no llegó a ser estrella 
porque sufre de insomnio. Cada noche de luna llena intenta su descanso. Poco a poco se 
adormece, hasta casi lograrlo. Pero despierta impaciente, antes de tiempo, sin conseguir el 
milagro de ser estrella; resignándose a ser, otra vez, luna llena. Por ella lloran los lobos, que 
saben de su tristeza. Aúllan al cielo para consolarla, hasta la próxima vez. Alguna noche 
dormirá su sueño... la noche que callen los lobos.
Y el sol sabe de esto y de mucho más. Los cometas, emisarios de las estrellas, esparcen sus 
bagajes de historias en sus largos viajes; sólo mensajes nuevos, sólo buenos mensajes.
En este absurdo lugar todos se burlan de mí. No creen nada de lo que digo.
Tengo un nombre agradable, sin embargo me llaman Idiota. Otros me dicen "el 14010", el 
número está impreso en mi camisa. Hace tanto tiempo que nadie me llama por mi nombre, 
que temo olvidarlo.
Javier, te extraño.
¿Podré volver a volar? ¿Nunca más volaremos juntos? Un vuelo en solitario no es lo mismo. 
¿Con quién compartiré las alturas, el dulce vértigo de estar vivo, el simple don de soñar?
Mi rostro ya no es el mismo. Mis ojos extrañan al sol. He perdido la alegría de vivir. Me estoy 
muriendo Javier...
Todos los días, al atardecer, a través de la ventana de mi celda, llegan las sombras y, con 
ellas, el hombre que odia. Me obliga a comer y, cuando mi plato ya está vacío, me golpea con 
saña hasta verme vencido, yaciente en el piso. Y así todas las tardes, una tras otra.
Hoy es mi cumpleaños. Y no estuve solo. Por la mañana, decenas de pájaros posaron en mi 
ventana. Decile a Dios al oído, Javier, que le estoy agradecido.
Más tarde llegaron las sombras y tocaron mi cuerpo, que comenzó a temblar febrilmente. 
Entró el hombre que odia. Me ordenó que comiera. Su voz me llegaba aletargada, como a 
través de un sueño neblinoso.
-Quiero verte comer, Idiota.
Me acurruqué contra la pared, mi mirada absorta en el hueco de la ventana, deseando que la 
noche cayera de una vez por todas. Me pareció ver algo en el cielo...
El hombre que odia me tomó de los cabellos y volteó mi cabeza. Una extraña sonrisa se 
dibujó en sus labios. Levantó el palo y lo bajó con violencia. Caí pesadamente al suelo, 
sintiendo un agudo dolor. Hice un intento para incorporarme, cuando noté con horror, que una 
de mis alas sangraba...
Javier, ahora sé que si las sombras de los atardeceres no cambian su presagio, pronto 
llegará el día en que volar será sólo un recuerdo. Cortarán mis alas, y me encerrarán para 
siempre... dentro de mi cabeza.

Tengo frío, Javier...







Autor: Cristian Crucianelli


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domingo, 16 de marzo de 2014

Dibujo



Mi libro, el tuyo, es un grito en silencio. Es quebrar los 

huesos de un pecho por mucho tiempo apretado. Es abrir 

los brazos en cruz, en exposición, no hay otra manera de 

comenzar un abrazo... 

Mas cuando todo termine, cuando el grito descanse, 

encenderás la luz. Abrirás sus hojas y, para sorpresa de 

nadie, sólo vas a leer en ellas un único dibujo de una 

cicatriz.   










Autor: Cristian Crucianelli

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*Todos los derechos reservados.

lunes, 17 de febrero de 2014

El viaje


   Los últimos detalles sobre el viaje que estaban preparando sólo despertaron en mí cierta curiosidad, pero no más que eso. Se los veía muy sueltos, distendidos. Hablaban entre ellos como si estuvieran tratando algún tema de mucha importancia. Sin embargo, no había gestos adustos ni cosa que se le pareciese. Por el contrario, sus frases eran interrumpidas frecuentemente por risas y comentarios livianos. Después de todo se trataba de un viaje de placer. Yo me desentendí de aquello. No sé por qué me aburre todo lo que no me concierne. Quiero ser claro, algunas veces me aburre que hablen de mí. En ocasiones, me fastidia. Pero en general me gusta ser el centro de atención. Como éste no era el caso, me alejé. Sólo unos metros, 10 metros para ser preciso. Conté mis pasos: 15, alargados una tercera parte, como los de un referí. Desde allí los observé: sus rostros brillando bajo la luz artificial... Los que no podía ver brillaban aún más. Es que algunos de ellos me daban la espalda. Yo podía ver sus ojos a través de sus cabezas. No sólo eso, podía ver con sus ojos a todos y a cada uno de ellos. También podía verme a mí, allí parado, a 10 metros, 15 pasos alargados, para ser más preciso. ¡Qué ser hermoso soy! Di una vuelta lentamente, con ademanes de modelo. Lentamente. Hombros altos. Cabello negro, cortado prolijamente en la nuca. Piernas largas de movimientos seguros. Anchas espaldas. Y las manos entrelazadas, inquietas, acariciándose una a la otra. Son hermosas manos. Todos siempre lo dicen. No sé como no se cansan de hacerlo. A mí me cansan. A veces me aburren. Y mis ojos, ¡Dios!, aquellos ojos pueden ver lo que quieren; de la forma que quieran. Dicen que son tristes. Yo no los veo así. Es que vieron demasiado. Demasiado. ¿Que son escondedores? Sí, ¿cómo no serlo? ¿Quién puede ver lo que han visto? Son muchas imágenes, con sus olores propios, traídas desde lejos a ocupar su lugar en la memoria. Instantáneas con movimiento. Luces que iluminan la oscuridad de los recuerdos, unos sobre otros. Cúmulos de nubes que atraviesan el cielo cambiando sus formas continuamente, proyectando sus sombras deformes en el suelo que no quieren pisar. ¡Ay, mis ojos! Afectados. Afectivos. Son míos y de nadie más. Son increíbles, y eso, los enaltece. Además, son míos, de nadie más. Cuando era niño vivía dos veces cada momento. Uno, porque sí. El otro para el recuerdo. No he olvidado ninguno de ellos, puedo asegurarlo. Mi madre sacando afuera sus pechos hacia mí, con sus ojos llenos de lágrimas; porque así es como la recuerdo. Llenos de lágrimas. La leche tibia, amarga; el olor a alcohol. El sabor a alcohol de todas las cosas impregnado en mis ojos que miran desde lejos. A 10 metros justos, exactos. A 100 metros, para ser más preciso. Son hermosos. Si los cierro lo son más aún. Cambian de color. Rojos, azules, dorados, a veces blancos. Cansados más que tristes. ¿Qué sabe alguien de la tristeza? A ella nadie sobrevive. Te llama con un dedo. Sensual, te atrae hacia sí, y te besa. Te da calor. Te acaricia. Y después te come. Despacio. Te habla al oído mientras te come. Y te dice: "No hay dolor bebé, no hay dolor...". Y sangrás pequeños hilos de sangre. Muy pequeños, pero nunca se detienen. Desaparecés. Y ya está. No hay tristeza. Las pestañas, como llaves, guardando el secreto que sólo puede abrir una lágrima. Son hermosos mis ojos. ¿Quién pudo verlos alguna vez? Los ojos son para ver, pero también para ser vistos. No son dos fosas en la negra tierra de los ciegos. Están hablando del viaje. Los escucho a la distancia, y nadie escucha a mi corazón latir con la fuerza que lo hace. Puedo ver todas las cosas. Puedo ver al ave posar en la rama del roble con una paja en el pico. Lleva calor a su nido. Y oír todas las cosas. Oír el rumor en la luna. Ese rumor que tiene mandato sobre los mares. Puedo ver, a mucha distancia, como un niño es despojado de su comida. Y oír los aplausos de los que sólo tienen manos para aplaudir la condecoración de algún uniformado. Mientras alguien arde en las llamas tratando de salvar a alguien. No puedo oír las risas. Pero las huelo. Creo que están hablando de mí. No me importa, estoy muy lejos. No pueden verme... mientras no los pise. El viaje está por comenzar. Decidieron que soy yo el que debe partir. Han preparado una valija con mis ropas. Dicen que me  visitarán seguido. No me importa. Me dejo llevar. 
  Oigo una voz que me  dice: "No hay dolor bebé, no hay dolor...". Pero no me importa...  no la escucho.








Autor: Cristian Crucianelli

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martes, 10 de diciembre de 2013

Mariposa


Ella tenía sólo cuatro años, fue en una cena familiar con sus abuelos, un tío y su papá. Ya terminando la cena, éste, presintiendo un futuro cercano, le pregunta a su hija: '¿Qué pasaría si alguna vez alguien nos separara?' La niña se llevó un bocado de arroz con queso derretido a la boca, lo masticó en silencio y lo tragó. Luego, hizo 'hombritos' y, mirando al aire de manera despreocupada, dijo: 'No importa, yo me convierto en mariposa y vengo igual'. Y siguió comiendo su plato preferido. Cada uno de sus queridos sentados a la mesa congelaron sus gestos; con sus tenedores suspendidos a mitad de camino a la boca, atragantaron sus palabras. Se miraron entre ellos. El tío, también un niño, esbozó una sonrisa, tratando de entender lo que para él era difícil entender. El abuelo empañó sus ojos duros de cristal. La abuela abandonó la mesa para ocultar su llanto. Y yo, su padre, esbocé una sonrisa; acaricié su mejilla, y le mentí: 'Podés estar tranquila, bebé, seguí comiendo, nada de eso va a pasar. Desde niño, cada vez que deseé la llegada de las mariposas, ellas siempre volvieron'. Desde esa noche, mi madre, cada vez que ve una en el jardín, le habla, le dice cuánto la extraña, y le pide, por favor, 'no te vayas'. El abuelo tiene la mirada dura, tan dura...! muy dura, para que no se rompa; el tío sigue sin entender lo que jamás podrá entender. Y yo... desde hace años vienen a mí bandadas de mariposas. Hay algo que se transformó en mi piel, algo que convirtió el amargo sudor del cansancio y el dolor, en dulce néctar. Sí, las mariposas se posan en mi cuerpo, y cada día son más. Se están despidiendo; abandonan su cuerpo, que una vez fue crisálida, luego mariposa. Ahora, las escucho batiendo en sacudidas ondulantes sus alas, desprendiendo en el aire (en ese aire de una crisálida de primavera ya casi convertida en estío) el pigmento de sus colores. El viento, con sus pinceles rosados, sonrojarán tus mejillas; los verdes y azules tornasoles, darán contornos a tus párpados; los negros, el rímel; y los blancos, iluminarán la risa de tu boca. Los amarillos prismados en eclipse de sol, harán de tus ojos dos destellos. Yo te mentí, mi preciosa; te mentí, mariposa. No pude evitar que nos separaran... En cambio vos, y no sé de qué manera, te escabulliste por la cerradura de tu celda, y volaste hacia mí. Lo hiciste hasta en las frías noches de invierno, en que, de haber nevado, hubieras soportado el frío y el peso de los cristales de nieve sobre tus frágiles alas. La tormenta ya pasó y la nieve ya no enfría. No creo que vuelva a mentirte, la nieve no volverá a ser fría... eternamente cada mariposa tendrá abrigo en algún hueco de la cavidad de mi pecho. Hay un agujero que ahí quedó abierto para siempre como puerta de entrada.
¡Oh, mariposa!, mariposa, mariposa, te estás acercando... ahora vuelvo, voy aquietar al viento.








Autor: Cristian Crucianelli

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sábado, 9 de noviembre de 2013

¡Imposible!


¡Qué fácil que es abandonarte!
¡Qué fácil no mirar atrás, dejar de ser uno mismo, ajustar los huesos, y marchar! 
Yo te busqué.
Te busqué en la tierra y sólo dejé huellas. Te busqué en el aire, y me culparon por gritar tu nombre... demasiado fuerte. Me volví loco buscándote, y mi mente pidió más demencia. (Mientras tanto, las señoras, en la casa de té, limpian las comisuras de sus labios con servilletas de seda).

Si al amor le llegó su hora, que descanse agónico en el lado sucio de la piedra. Pero yo estoy vivo, y cada mañana borro las letras talladas en mi lápida.
Cuando en la oscuridad se mece el fantasma de la ausencia, cierro mis ojos y te enciendo en luces de neón. Y te busqué en el mar.
Te busqué en la luna y en el sol... demasiado cerca.
El sueño ya no viene y estoy agotado, pero el loco se rebela y no se mata. Es que, si no llora el payaso, ¿a quién le tocará hacerlo...?
Y en las mañanas, vacías mis manos de pan y manteca, revuelvo la cuchara para que no cuaje la primera capa. Me miente el agua al lavar mi cara. Me miente la almohada al devolver tus besos.
Te busqué.
Te busqué en los surcos de la vieja música; y en el frenesí de los recitales. Lastimé mis manos, hasta sangrar sus huesos, rasguñando el fondo de todos los espejos.
Pero no hay manera.
Quedé tirado al lado del camino y dejé de andar.
Que el mundo se dé vuelta, si quiere. Nadie ha de caer. Al menos, no yo. 

Yo sostendré la pared que se yergue tras mi espalda, y que, como venas, crezca la yedra bajo mi piel.
¿Lo que quedó de mi vida...? Se lo dejo a los poetas o a los blasfemos. Lo mío es mío. Con el resto, pueden hacer lo que les plazca.
Estoy muy lejos.
Es mucho lo que necesito y el show ya no me sienta.
Estás muy lejos.
Un pedazo de mi mente me dice lo que tengo que hacer, otro pedazo lo que tengo que callar. Y algunos otros me dicen 'Abandoná, abandoná'.

Me río y me río de todas las bestias; de las señoras y sus servilletas; de los surcos, de las lápidas y todos los espejos. Y de los payasos; y de todo el circo, que, a falta de público, les dan niños de comer a los leones.
¡Qué fácil es aplaudir desde afuera de la jaula, mientras dentro, sólo tu mano intenta detenerlos!

¡Qué fácil que sería abandonarte!
¡Nada más fácil!
¡Imposible!










Autor: Cristian Crucianelli

* Primer borrador (09/11/2013)
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viernes, 18 de octubre de 2013

La villa

   
   Algo había pasado en la villa. Los perros habían desaparecido, el barro estaba más pegajoso. Los chicos jugaban sin gritar. El cielo era un espejo oscuro que doblaba las formas y nos envolvía.
   Doña Jacinta, la vidente, no se animaba a hablar del futuro. Decía que se había acabado... Repetía una historia pueblerina harto conocida. Lo hacía como si la adivinara de su bola de cristal, que ya no brillaba, habían cortado la luz eléctrica.
   Esa noche, alrededor de unas tantas fogatas, se escribieron en el aire las primeras partes de leyendas que con el tiempo otras gentes convertirían en realidad. El aire estaba húmedo, y el silencio se presentaba entrecortado entre frase y frase, entre palabra y palabra. Las luces de las fogatas amarilleaban los rostros. Las historias contadas parecían ser leídas de las hojas mohosas y ajadas de inmensos libros inconclusos. Los más jóvenes contaban historias a los ancianos y ellos debían luego contarlas a los muertos.
   Algo había pasado en la villa. Los gatos se revolcaban en los charcos, las ratas ya habían sido comidas. En los estrechos pasillos podía verse cruzar a los vecinos, pero en un instante tan ínfimo que nadie lograba reconocerlos. A lo lejos se escuchaba una melancólica melodía de organito. Las  mujeres, vestidas de negro, lloraban sin lágrimas un eterno funeral; mientras las prostitutas daban sus pechos a los recién nacidos. Nadie asesinaba a nadie, y el cura estaba sin trabajo, mendigando algo para comer.     Las flores nacían marchitas, sin embargo, algunas de ellas florecían. Dicen que sólo aquéllas, que en alguna noche de su efímera vida, fueran guardadas entre las hojas de un libro.
    Los ancianos fumaban cigarros armados con papel de diario y una mezcla de tabaco y una selección de  yerbas cultivadas en los baldíos del lugar. En grandes fumatas elegían los sucesos más importantes; los demás, eran exhalados por la nariz, formando espesas constelaciones de humo, mayormente, prensa amarilla. 
   Resonaban murmullos de amor en las esquinas, y nadie podía esconderse en los rincones. Los pájaros comían de las manos de los niños y minutos más tarde regresaban con un trinar exótico y cristalino. Los árboles estaban en los lugares de siempre, sólo las marcas en sus cortezas -corazones e iniciales- habían cambiado de árbol. Las promesas de amor, hechas en un lugar, sólo mudaban de  geografía...
   Comencé a sentir el ruido de las gotas de lluvia en la madera. Sonaban apagadas y frías. Mi cuerpo tieso se elevaba a más de un  metro sobre el sendero fangoso. Los cuatro hombres más fuertes  soportaban todo el peso. Bajamos silenciosos hacia el cementerio. La lluvia se hizo más intensa.

   Algo había pasado en la villa, y yo comenzaba a sentir lo mucho que la extrañaría.






Autor: Cristian Crucianelli

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