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jueves, 27 de enero de 2022

El Mamut y el Brontosaurio

 

Tengo a mi perrito Thor internado. Hoy por la mañana me despertó un casi inaudible sonido en la otra punta de la casa. Estaba a cincuenta centímetros de su cucha panza abajo planchado al piso. No sé cómo lo escuché a diez metros de distancia, dormido. Debe ser instinto 'paterno'. Sin contar los $7000 pesos por día que me cobran la internación... que como siempre digo, tengo laburo y si alguien que quiero me necesita, laburo un poco más...


Será instinto paterno-patriarcal.
A la noche, mientras trabajo, duerme en su cuchita a un metro de mí. Pero hace tres días se me dormía en mi pie descalzo debajo de mi escritorio. Después, cuando me voy a acostar, me lo llevo a la cama y duerme conmigo, con su cabecita recostada en mi cuello. Me hace acordar a una novia que tuve que dormía en mi pecho.

A la mañana tan chiquito se tiraba de la cama y amanecía yo solo. Él ya andaba atorranteando por la casa, haciendo quilombo o hurgando su plato vacío de comida.
Hoy me desperté solo, pero unos gemidos tenues me despabilaron.
Pero, Cristian, es sólo un perro!
Las pelotas de un mamut que es un perro!!!
Lo tengo desde que tenía 17 días de nacido (nació en Noche Buena). Lo alimenté a mamadera, como lo hacía con Michelle. Hasta hace maso una semana me dijo la veterinaria que ya no lo hiciera, que le podía dar alimento sólido. Soy su contacto con el mundo. El que lo atiende, el que lo alimenta a horarios; el que lo abraza, el que le habla. El que levanta su caca y seca su pis. Mi casa, ya caótica, se convirtió en un zoológico-librería caótica... pero en esta casa quilombo estaba acompañado, atento a su mamadera, sus cuchitas con mis ropas reconfortando su camita (ya le hice tres cuchitas a medida que fue creciendo).
Pero, Cristian, es sólo un perro! Y tenés que escribir esto aquí...!
Las pelotas de un brontosaurio, es sólo un perro!!!
Con mi viejo postrado el tipo se le acurrucaba en su pecho y, papá con su mano endurecida, lograba acariciarlo. Le brillaban los ojos y sonreía. Un perro, la concha de tu hermana!!!
Soy su contacto con el mundo, su padre-madre. Hoy me miraba como preguntándome qué pasa? Esto es parte de la vida?
Supe qué responderle, supe qué hacer. Abracito lo explica todo, para nosotros, los genios humanos, y para un perro.
Lo dejé en su jaulita acolchada en el hospital veterinario. El auxiliar de la clínica me llamó cuando me iba y me dijo mirá se durmió, está tranquilo.
Estaba canalizado con suero y algo que le dieron por un aparente problema neurológico motivado por vaya a saber qué causa. "No sabemos exactamente que lo causa -me dijo la veterinaria-, no sabemos qué hay dentro de su cabecita. De ser necesario le vamos a hacer una resonancia magnética'.
Se durmió acurrucado en un rincón con el cuellito estirado, como si el colchoncito fuera mi cuello.
Yo sé algo de lo que le pasa en su cabecita: Está soñando conmigo, diciéndome 'Venime a buscar cuando puedas".
Mañana voy! Tengo horario de visita de 17 a 18 hs.
Es mi familia, la puta que lo parió, no es un perro!!!
Michelle, te quiero! Hija, te voy a buscar cuando quieras.

 




 Autor: Cristian Crucianelli


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miércoles, 4 de marzo de 2020

Que 11 años no es nada


   Mirá, esta es la última foto que nos sacamos juntos mi hija y yo. Como se puede comprobar en la foto (fecha en inglés), hoy hace exactamente 11 años de ese dia. A veces pienso cómo es que no delinquí para volverla a ver, muchos conocidos me sugieren que me equivoqué al no hacerlo.

   Es que quiero, entre muchas otras cosas, educar a Michelle, aun no estando con ella y, una de las enseñanzas que le dejé en estos 11 años, es que se pueden lograr objetivos de manera legal y correcta, sin apartarse un ápice de la ley. Hasta ahora la lección falló y mi hija se puede estar educando con valores inconvenientes. Lamento que haya mujeres que, usando leyes que se crearon para protegerlas, lo hagan en contra de sus propios hijos. Allá ellas, todo vuelve, pero los pibes no tienen porqué pagarlas.

   Michelle, te amo, e insisto en que heredes de mí la enseñanza de que el camino de la legalidad es el más correcto. Puede ser el más largo y el más difícil. Pero, en nuestro caso, no se trata de caprichitos. Se trata de que algún día, quizás aunque yo ya no esté, puedas decir 'Mi viejo me dejó una lección construida con mucho dolor, pero con más amor que pena'.

   A eso se le llama honrar la vida. Y la vida, a veces es injusta, pero la mía ya valió la pena, porque aún siento en mi brazo tus tibias manos, aferrándose en un gesto y una sonrisa de 'Papá es mío'.

   Te quiero <3 11 años más que el día de esa foto.






Autor: Cristian Crucianelli

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sábado, 22 de febrero de 2020

Literatura


Si yo fuera el sol, Michelle,
a vos qué te gustaría ser?
Querés ser escritora...
no me digas la luna, Michi;
pensá, y no me digas la luna.



Autor: Cristian Crucianelli
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jueves, 21 de noviembre de 2019

Escalera al infierno


(Análisis de una obra de arte)

Ayer vi 'JOKER', me pareció muy buena. Pero había algo que me incomodaba: al chabón le habían pasado todas, no se libraba de una, era demasiado. Y me dije, 'No es otra cosa más que otra buena película americana'.
Pero de pronto, mi cabeza hizo un clic. Empecé a verla con otros ojos (con esos de Freud y el malestar en la cultura). Ya no era el Joker (o el Guasón) al que estaba mirando; ya no era su historia. Independicé al personaje de la saga de Batman, el cómic, las películas, etc., y toda su cosmogonía. El Guasón, el tipo ése, es una representación social. Es más, más que una representación social, es la sociedad toda: asqueada, maltratada, lastimada hasta el dolor, y la miseria de no poder cambiarse a sí misma. Un destino trágico que, al menos que aparezca un cambio paradigmático, nos espera a todos. Y no dentro de mucho...
No estoy hablando de otra cosa que, nada más y nada menos, del posmodernismo. Como lo explica la propia palabra: el modernismo ya terminó (hace tiempo) y seguimos en un post, en algo que ya terminó, que ya no da más. Y para peor, aún nada nuevo comenzó. Estamos en ese limbo donde todo vale y nada ni nadie vale nada.
La película es oscurísima, como la sociedad misma. Un descenso, una escalera al infierno.

¿Qué hacemos?

¡Solamente estamos yendo al cine a contemplar la extinción!









Autor: Cristian Crucianelli

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viernes, 16 de agosto de 2019

¡Buenas noches!


Sus caricias son tenues, se desparraman por mi piel, como una cálida lluvia de verano. Y ella sonríe, siempre sonríe, y es hermoso oírla jadear en la oscuridad. Allí esconde su risa cuando nadie desea ser feliz. Es hermoso sentirla jadear cuando llora también, cuando desea ser feliz y no puede.
Pero ya es tarde, ahora cierro mis ojos. Mañana quiero verla reír, y escucharla respirar el aire plateado de un nuevo día. Yo tendré que hacer mi parte. Voy a devorarme toda la oscuridad de un solo trago. Tengo que cerrar mis ojos hoy, para que empiece un nuevo día mañana. 

¡Buenas noches!







Autor: Cristian Crucianelli

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miércoles, 31 de julio de 2019

Tatuaje


Estaba durmiendo profundamente, soñaba con Michelle. La tenía enfrente, muy cerquita, alta, con los rasgos que un poco imagino y mezclo con fotos robadas en los jardines de face. O es solo recordar, recordarme a mí a los 15 años, el pelo más largo y feminizar su rostro, su cuerpo, sus gestos. Es igual a mí. Tan alta como yo, la tengo cerca, sus ojos casi a la altura de los míos. Me mira fijo con esos ojos oscuros casi negros, esa mirada profunda de párpados rasgados.
Me mira a los ojos, en silencio, yo no puedo ni quiero apartar la mirada. Hago un mapa mental de su imagen para siempre. La tengo tatuada en mis retinas, estampada en mi alma. Me mira, me mira. Sus ojos empiezan a moverse, se deslizan de manera horizontal apenas perceptiblemente. Casi hipnotizan. Se mueven. 'Me va a abrazar', pienso. 'Si sigue moviendo los ojos así, me va a abrazar'.
Sus ojos se deslizan de un ojo mío al otro, como tratando de leer quién es ese tipo. Ese tipo soy yo. Su mirada se queda quieta, pierde su profundidad. Me abraza. Me aprieta fuerte y no me suelta. Imagino que a mi espalda ahora tiene los ojos cerrados, fuertemente apretados. Yo los tengo abiertos, no puedo cerrarlos. Si lo hago cómo hago para verla en sueños.
Suena el celular...
La putísima madre, lo revoleo al carajo, rebota aquí y allá quinientas veces, como queriendo llamar la atención. Me agarro fuerte de la almohada, ahora sí, cierro los ojos con fuerzas, los aprieto hasta casi dolerme los huesos de la cara. Tengo que dormirme. Tengo que dormirme. Tengo que cerrar los ojos. Si no los cierro, cómo voy a hacer para verla en sueños.
No me volví a dormir. En toda la noche no pude dormir. Me quedé mirando su rostro tatuado en mi memoria. Ahora estoy cansado, necesito dormir. 






Autor: Cristian Crucianelli


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jueves, 13 de junio de 2019

Polifonía


La profecía decía que serían cuatro campanadas, todas a la vez, al unísono. Nunca se logró. Quisieron detener el tiempo, lo lograron... y las campanas tañeron juntas, por primera vez. Pero sonaron antes o después de ese instante y nadie las pudo escuchar.
Soltaron las cuerdas del presente, las cortaron; y el tiempo se alejó con un quedo gemido, huyendo como el aliento del viento, hacia más allá de donde se puede ver, hasta ese lugar que los humanos jamás van a conocer. A lo lejos, se fue apagando un llanto.
Las campanas sonaron cuatro veces y, entre tañido y tañido, todos y cada uno de los que habitan la tierra, pudieron escuchar el oprobioso silencio del ser, que es sólo ruido, entre sonido y sonido.
La música quedó fuera de ellos. Y sólo pueden escucharla.










Autor: Cristian Crucianelli


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A un lado del horizonte


   El camino se va acortando más y más. Y allá, no tan lejos, parece terminar abruptamente. Alguien me aguarda, sin saber que me aguarda. Creo que es una mujer. No puede verme. Hace equilibrio en la línea del horizonte. Se saca y se pone el sombrero, y hace una reverencia. Es una mujer. Está de espaldas y no me ve llegar. Si la beso, se cae; si la ignoro, se muere. Si anticipo qué voy a hacer, se termina el cuento. Se saca y se pone el sombrero y hace otra reverencia. Levanta un pie del horizonte y allí se queda suspendida en un único punto de apoyo, como un signo de interrogación. El último renglón del destino es una pregunta. Escucho su respiración. Si la beso, se cae; si la ignoro, se muere. Si se da vuelta para mirarme para saber quién soy, apago la luz.
Apagué la luz.
De qué lado habrá caído...









Autor: Cristian Crucianelli


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domingo, 23 de diciembre de 2018

Hasta mañana


     Era inminente que algo iba a suceder. El aire se oscurecía y los ruidos iban perdiendo ese tono seco, como golpes de hacha a un árbol aún vivo. Intenté mantener mi mente alerta. Distendí cada músculo, uno a uno, como van apagándose las estrellas, una a una, huyendo heridas por la luz de la mañana. Cuando ya no sentía nada, cuando ya no escuchaba a nadie, me replegué en mi cuerpo. Me dormí. Las estrellas vuelven a encenderse una a una. El cielo se apagó. Sólo quedaron chispas del ayer. Sé que estoy en el sueño de alguien. 
Pero no sé de quién.





Autor: Cristian Crucianelli

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domingo, 7 de enero de 2018

Dos noches


    Sucedió una noche; esa noche en que te dejaste llevar, como pequeño canto rodado arrastrado por la ola al retirarse, que vuelve a la entraña de donde escapó, como vuelve frío el suspiro a la miserable boca que alguna vez negó un beso. Sólo uno. 
  La oscuridad de a poco va blanqueando en chispas que explotan iridiscentes sobre la arena mojada, como huellas de la memoria que de tanto en tanto vuelven a pisarse. Son faros en la oscuridad, destellos que te dicen al oído 'No te asustes. Perderse, es también parte del camino. Estás vivo...'.
    La luz se va; gira y se despide acariciando la rugosa piel del mar, en fuga hacia lo lejos, más allá del horizonte. 
   Sólo hay que esperar el retorno de su giro. 
Entonces, como aquella noche, otra noche ha de volver. Me buscará con su espada hasta encontrarme. Y, cuando lo haga, enterrará en mi pecho su filoso fuego, para volver a calentar mi carne helada. 
Sucederá una noche.






Autor: Cristian Crucianelli


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miércoles, 16 de agosto de 2017

El puente


   Ayer me llamó mi sobrina más chica para que le dé una mano con un poema que tenía que escribir para el cole. Sin saberlo la piba me salvó el día (o el de arriba no ahorca).
Lo escribimos juntos. En realidad lo escribió ella, yo la ayudé en lo conceptual (si supiera que googleé...). Con 'juntos' me refiero a otra cosa. La pasamos bárbaro!
Obvio que le cobré por mi servicio: a cambio, por fin me aceptó en el facebook. Y con esto que pongo creo que fue debut y despedida.
No sé que va a hacer su profe, pero, nosotros ya nos sacamos un 10.
Pasan cosas lindas en la vida!

(*) Nota de un papá/tío: Michelle, éste es el face de tu prima Chiari Copani. Hasta hace 9 años, estuvieron juntas, y se querían y se disfrutaban. Sean vivas (puentéenme a mí, si hace falta); búsquense; llénense de vida, disfrútense. Sáquenle un 10 a la vida. El mundo ya es de ustedes.






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viernes, 21 de abril de 2017

Y una chica pasó a mi lado


   Michelle, muchas veces voy por la calle mirando tus fotos en el celular. Hoy, ya estaba llegando a casa, y casi me hago percha en el puente de Newbery y Crámer. Era ya de noche y venía entusiasmado mirando por enésima vez la mismas fotos y casi me como un coso de cemento pintado color 'noche'; es algo así como una baranda-pared que termina como un rulo en degradé justo en la ochava de una esquina tan oscura como mi boca; un coso que parece estar diseñado para dañar a distraídos y soñadores. Me pareció que venía alguien de frente, como una sombra, o un fantasma, quizás un monstruo. Y levanté la vista y lo vi: a un paso y medio de mis pies, el coso ese, con su filoso y único diente de unos tremendos 30 centímetros de alto, parecía esperarme para cortarme las patas a mitad de las pantorrillas. Me paré en seco, che! Una chica pasó a mi lado. Me quedé parado ahí unos segundos, duro, plantado al piso... mirando tus fotos; y unos segundo más, y otros más; como medio minuto. El coso seguía ahí. Levanté una pata, la pasé por arriba del coso. Sin dejar de mirar tus fotos, qué chiquita que eras!, levanté la otra y dejé atrás el coso ese pintado color-noche. Y seguí caminando casi una cuadra sin dejar de mirar tus fotos, hasta que llegué a casa. Una vez adentro, sin encender la luz, busqué el cargador y enchufé el celular.








Autor: Cristian Crucianelli

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viernes, 14 de abril de 2017

Hipersomnia


   
Anoche soñé con vos. Soñé que venías a despertarme y yo te decía 'No me despiertes que estoy soñando con vos'.







Autor: Cristian Crucianelli

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viernes, 17 de marzo de 2017

El otro


   
   Michelle, escribir estas cosas me ayudó a decir la tristeza, a 

sacarla de mí; a alejarla. 

   A que sea otro el que muera; ése ser que invento en cada relato; 

ése que nace y muere en cada cuento y que regala su vida 

a quien lo lee. Uno de esos seres prestados que, cada vez que se cierra 

la última página, se escapa de mi piel y decide morir, para 

que yo no lo haga.






Autor: Cristian Crucianelli

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sábado, 22 de octubre de 2016

Los dos patitos


22 de octubre de 2016. 

Hoy hace un año que te vi por última vez. Nunca estuvimos tanto tiempo separados. No quería que llegue este día, pero me pasó por arriba. Recuerdo, cuando una vez, vos eras chiquita, yo había vuelto de mis primeras vacaciones sin vos. Me fui por quince días. Te extrañaba y me volví al quinto. Llegó el lunes (o un miércoles o un sábado por medio, no recuerdo. Pero no pudo haber sido un martes o un jueves o un viernes o un domingo o el otro sábado por medio, porque nos tenían prohibido vernos esos días... ni aunque estuvieras enferma ni aunque fuera tu cumpleaños ni el mío ni un día del Padre ni un Día del Niño ni Noche Buena ni... ni aunque un monstruo te perturbara en sueños). Pero al fin, te fui a buscar, después de casi una semana sin verte, que me pareció un año (no, un año no, por Dios...!) y te llevé a la casa de los abuelos. Andabas correteando por ahí y te dije 'Dale, vení a la mesa a tomar el yogur'. Como siempre, no me dabas bola. 'Dale, Michelle, tomate el yogur', ni bola. 'Bueno, Michi, me voy a comprar cigarrillos al kiosco'. 'No', me dijiste. 'No, qué?' 'Voy con vos y me compras un...'. Ay!, no me acuerdo qué te compraba en el kiosco, puta madre! Cómo puede ser que no me acuerde! Ah, un Kinder... sí, sí, un Kinder (creo). 'Bueno, pero primero tomate el yogur'. 'No'. 'Sí'. 'No'. 'Sí'. Y ni bola. Seguiste jugando con la cucharita y cantando sola y, ahí, en la luna, y yo como si hubiera desaparecido de tu vida... y, medio que me cansé, tenía ganas de fumar, no tenía puchos, me fui para la puerta y te dije 'Chau, me voy'. 'Otra vez...?', gritaste, como si se te hubiese atragantado la vida. Te bajaste de la silla, te quedaste quietita y, desde ahí abajo, me miraste suplicante y, casi llorando, me dijiste 'Papi, no te vayas...'. 
Ahí me di cuenta de la cagada que me mandé 'Me iba al kiosco, Michelle, al kiosco'. Me agaché y corriste a abrazarme. Es que ahora pienso, eras chiquita y, para vos, casi una semana sin verme era como un año. Como un año...!

Hoy hace un año que no te veo. Tengo tantas cosas para contarte... te cuento una sola: dejé de fumar.





Autor: Cristian Crucianelli

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miércoles, 19 de agosto de 2015

Zapallitos verdes

   
   Estoy en un frío y desnudo salón, en un manicomio, sentado a una mesa escribiendo. Por las noches, sólo me dejan encendida la luz de la luna. A mi lado, en un sillón de almohadas, hay un viejo loco. Con su paso cansino de piernas añosas, quebradas en ángulos, me sigue adonde quiera que voy, a todas partes. Cómo si fuera mi continuación, está siempre, siempre, siempre pegado a mí, porque le doy cigarrillos o por que me quiere. O por alguna otra razón, o por ninguna, o porque sí, o porque no... pero seguramente porque está loco como el mundo, loco de remate, y al peor postor. ¡Porque hay que estar conmigo!
   Yo escribo. El dice que soy el mejor escritor de todos los tiempos. Nunca leyó un cuento mío.
   Yo digo que él es el mejor loco que conocí. Que en la hilera de reparto de demencia él quedó primero. Lejos, ¡eh! A sideral distancia del segundo. Yo soy el tercero, y el último mi papá.
   Hace cuatro años que estamos juntos el viejito loco y yo. En ese tiempo él leyó cada cuento que yo iba escribiendo. Cada vez que terminaba la lectura, se sacaba los lentes, los guardaba en el bolsillo, se recostaba en el sillón, y tomándose el mentón con un típico gesto freudiano, decía cosas como:
   -...el mensaje es muy sutil, la tersura del lenguaje es tácitamente tenue, con algunos claroscuros que logran el exacto valor...
   Era pintor. Antes de ser loco, era pintor. Lo encerraron en el manicomio porque les decía estupideces a las mujeres desde el balcón-ventana de su departamento de Paraná y Arenales.
   -¿Qué les decías, tío -porque yo lo llamo tío-, qué les decías a las chicas desde tu  balcón?
   -...y, yo les decía... hola buena moza... ¿me permitiría acompañarla por las callejuelas que se pierden a lo lejos en la gris ciudad? ...su camino estará siempre pincelado por mis manos...
   ¡Pero qué viejo boludo! ¡Cómo no puede darse cuenta de lo soez-procaz-irrespetuoso-insultante-puerco-promiscuo-chancho inmundo que podía llegar a ser para esas mujeres, que desde la calle, tenían que soportar tales improperios; y para esas otras dos, sus hermanas, que sentían heridos sus delicados oídos de Barrio Norte por las sureñas, casi orilleras palabras de su hermano, que ya no podía pintar porque sus manos estaban ateridas por la artrosis, eternamente pegoteadas de colores, paisajes y óleo! ¿Cuánto era el valor que podían perder sus retratos de niñas sonrojadas, sus naturalezas muertas, sus luces y sombras traducidas por un espíritu que con el paso de los años, como un vino avinagrado, se hizo eso: sólo un fantasma sin espíritu, un fantoche que dice cosas indecentes en un barrio de señoras? ¡Hasta dónde podría caer el prestigio y abolengo familiar cada vez que el viejo de mierda se perdía en el barrio y era traído por la policía! O cuando iba a la verdulería a comprar zapallitos verdes y se iba sin pagar, y ni hablar cuando se cagaba encima delante de los invitados...
   -...los ojos de una niña -él me decía- deben ser como dos agujeros en la tela, dos agujeros en el cielo... llenos de nada, llenos de todo...  de nada, para que puedan ser inundados con lágrimas repentinas... lo  suficientemente grandes como para que quepan en ellos los duendes, las hadas, y príncipes montando caballos alados... Y llenos de todo, porque, ¿qué puede sobrar en la mirada de una niña…?  
   ¡Pero qué viejo boludo! ¡Ya no puede pintar, y encima no se quiere morir!
     -¿Por eso te encerraron, tío?
   -¿...qué?
   -Si por eso te encerraron: el artista de la familia, quien fuera lamentable e irremediablemente devorado por su genialidad, fue encerrado en el hospicio, ergo, tus cuadros valen más.
   -Puede ser –respondió, como a una pregunta olvidada, mientras se recostaba en el sillón tocándose la barbilla; la mirada fija en el alto techo, cavilante-.  Puede ser... pero mis cuadros no pueden ser comparados con sus cuentos... ¿No tiene un cigarrillo?
   Se lo doy. Se lo enciendo.
   -...sus cuentos son superiores; yo diría, casi sublimes...
   -¿Y tus hermanas, tío, cobran tu pensión, ¿no?
   -...tienen esa tristeza que yo nunca pude plasmar en la tela...
   -¡Viejas chotas! 
   -...sus lunas entintadas en las páginas de un libro son más sensuales que las mías, como si hubiera alguien que las amara, en cambio las mías...
   Hace unos días una enfermera me dijo que el tío no ve un “barco en una palangana”. Yo le pregunté si alguien lo había visto alguna vez  (al barco en la palangana), porque quería ser amigo de ese personaje. Me dijo que no me hiciera el tarado, que lo que sobraba aquí eran tarados. Que el viejo no podía leer una palabra porque sus ojos habían olvidado el sentido de las letras, como me explicó después un médico.
   Ese día le di un cuento. Fue el mismo día en que descubrí que mi padre no había muerto, sino que todo era una mentira para no venir a visitarme. El cuento estaba escrito únicamente con letras ‘equis’; unas tras otras, separadas en grupos formando falsas palabras... ¡ falsas palabras...!                
  Tardó veinte minutos en leerlo, un poco más de lo habitual. Se sacó los lentes, se recostó en el sillón limpiándose los lagrimales, y sin mirarme a los ojos, casi de manera distraída me dijo:
   -¿Tiene un cigarrillo?
   Se lo di. Se lo encendí.
   -...esto es único, es lo que siempre traté de lograr, es el dominio total de la luz; son todos los colores en uno...
   Me fui derecho para la guardia. Le pregunté al médico si el tío podía distinguir una equis de otra letra, o si podía haberse dado cuenta... Me dijo que no. Era imposible.
   El tío nunca había leído un cuento mío.  
   No sé porqué hasta el día de hoy dejé que el engaño siguiera. No sé si una cierta piedad me frenaba a descubrirlo. Si todo se había convertido en un juego, para él y para mí. Un juego donde la única regla era tácitamente secreta. O, lo más probable, porque las interpretaciones del tío sobre mis cuentos parecían ser las de un viejo maestro oriental: escuetas metáforas hermosamente traducidas por el conocimiento que dan los años. Claro, ¡y su edad! El tío podría haber sido mi padre. En definitiva había sido como mi padre. Todo este tiempo me había mentido... como mi padre. 
   Ahora, bajo el dictado de la luz lunática, estoy terminando un cuento. Habla de un viejo y un joven encerrados en un manicomio.
   El viejo está sentado a mi lado, esperando que termine mi trabajo para pedirme un cigarrillo.
   Arranco las hojas. Se las doy.
   -¿No tiene un cigarrillo?
   -No, primero leé el cuento.
   Se pone los lentes, cruza las piernas, se acomoda el pantalón y alzando las cejas comienza su particular lectura. Yo lo observo; es como si viera al fantasma de mi padre…
   Me devuelve las hojas, se saca los lentes al tiempo que humedece sus labios con la lengua.
   -...es un cuento de contrastes, donde nada es lo que parece ser, un cuento donde usted juega de manera expresionista con el tamaño de las cosas...
   -¡No, viejo de mierda! ¡No te hagas el boludo! Quiero el tema, quiero que me digas exactamente de que se trata...
   Me mira sorprendido, como no entendiendo mi enojo. Se incorpora en el sillón y abriendo sus manos viejas me dice:       
   -...trata de dos hermosos veleros, navegando en una palangana...
   No nos decimos nada por unos minutos. En el hospicio todos duermen.
   Después, yo le digo: -¿Querés un cigarrillo, tío? 
   Y él me dice: -Sí.









Autor: Cristian Crucianelli

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